Opinión de Enrique Moya Bendezú

DON CIPRIANO, EL YATIRI DEL HUAJSAPATA…


Cuando asumí el cargo de Jefe del Proyecto de Alpacas en Puno, los colegas puneños me dijeron que había que hacer un ‘pago’ (ceremonia ritual de ofrenda a la Mama Pacha: Tierra) y que debía ‘challar’ (bautizar) la casa en la que viviría. Me encantó la propuesta y accedí a comprar flores de colores vivos, rojos como de geranios y clavelinas; amarillas de retamas y sunchos (plantas silvestres con flores amarillas en eflorescencia como la margarita) y regarlas en la entrada para protegerla y, dentro en los zócalos de cada habitación para que entren espíritus de alegría y salud; a insistencia del sociólogo aprobé la ceremonia del Pagapu.

Don Cipriano era un hombre delgado y pequeño, tenía unos ojos con su mirada prendida como de zorro; se dedicaba a su pequeña chacrita en las laderas del Huajsapata (cerro mirador natural de la ciudad de Puno y que significa Testigo de mis Amores) oficiaba de Maestro YATIRI (Maestro nativo habilitado para prácticas rituales).


A medida que preparaba la “mesa dulce” yo le preguntaba de todo. El altar es de grasa del corazón de llama y el agua es vida me dijo; las palomas son mensaje, noticia; los muñecos no son novios sino que son pareja, todo es par en la tierra, uno solo es tristeza; todo tiene que estar, me dijo, en el ‘chiuchi’ (Una pequeña fundición en plomo con todos los elementos de la vida diaria donde se ponen las ofrendas) está la chacra, los cultivos (chipru chipru: granos ásperos), los animalitos; tú no vives solo, todo camina junto en la vida, tu casa, tu carro, tu oficina también y hay que echarle flores rojas vivas del campo para que la vida tenga color, dulces y caramelos para que sea todo dulce.

Ese charanguito es la música, me explicó el Yatiri. También tiene que estar para alegrar la vida y acallar la tristeza. Cuando subimos al APU Cancharani (Dios Tutelar representado por Montañas Mayores), le entregó al fuego la ofrenda, vino el Maestro a abrazarnos diciendo: en buena hora; en buena hora y desde una elevación mirando al horizonte llamó a los Apus de Lima, Huamanga y de Puquio y extendiendo los brazos, les envió con sus manos las palomas portadoras de la buena nueva. Mi traslado y mi nueva casa.

Esa noche pasamos al cuartito de don Cipriano y pidió permiso para leer la coca. No todos los días se puede leer, luego con mucha delicadeza y afecto nos puso en nuestras manos unas hojas de coca y nos invitó a chacchar. Si está dulce, dijo, felicidad va a Haber y tomando una copita de trago y fumando cigarro inca, echó sobre la manta de llama las hojas de coca: hoja chiquita guagüita (Niña muy tierna) es; hoja verde grande bonita es alegría, salud; bien nomás va a salir todo; hoja pálida sin color enfermedad es tristeza pues; hoja quebrada peligro, arrugada mal genio, rabia, está diciendo; la coca no es para daño a nadie, agregó.

El Yatiri se refirió a mí y dijo. Tus hijos lejos están, tu hija no estudia, problema es; tu esposa nerviosa no duerme pero muy inteligente, tú bien nomás vas a estar; así están diciendo las hojas. En efecto me quedé en Puno varios años, mi hija terminó de estudiar y resolvió sus problemas, mis dos hijos siguieron en el extranjero y mi esposa falleció unos años más tarde. ¡Gran mujer!...

A mí de joven me agarró un rayo, le confesé a don Cipriano. Casi muerto me encontró mi padre. Escogido eres, vas a ser maestro Yatiri, me dijo y por eso me he ido a otro pueblo donde un maestro mayor, para aprender. Trilingüe soy quechua, aimara y castellano hablo, como gringo igual nomás somos también.


El amable Yatiri me informó que los Apus hablan, conversan, se avisan; de lo que tú estás aquí ya le han avisado al Apu Razuhuillca que tiene sus dominios por Huamanga, Huanta y alrededores; cuando has venido, habrás pedido permiso para vivir aquí porque hasta con el murmullo de las aguas todo se sabe; si no, no vas a vivir bien. Me advirtió el Maestro.


Don Cipriano venía a visitarnos y nos traía papitas dulces de su huatia (cocción en bloques de tierra caliente) y hojas dulces de coca. Quería saber qué hacíamos por su tierra. Enterado que yo enamoraba con una joven puneña me preguntó si había pedido autorización al Apu; el amor, me dijo, tiene que ser claro, tú no eres solo, tú traes, tu vida de Puquio tus padres también, tu esposa finada, tus hijos, tu música traes. Ella también no es sola; trae a su hijo, a sus padres, a su marido separado, a su pueblo de Juli y su música y bailes y juntos van a ser más.

Un día en Copacabana don Cipriano hizo una pequeña ceremonia de Coca-Quinto poniendo cinco hojas para cada familia, para cada hijo, para el trabajo; la llenamos de flores y la entregamos al lago Titicaca que también es Apu, para que se fortalezca el amor nuevo.

♫♪♫ “Cerrito de Huajsapata, ♫ testigo de mis amores, tú nomás estás sabiendo la vida que estoy pasando. ♫♪♫…..”.

Sobre el Autor: Enrique Moya Bendezú

Destacado intelectual que ha hecho coincidir al conocimiento científico con las ciencias sociales en beneficio de la comunidad peruana. Es un ilustre ayacuchano.

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